A propósito del escándalo de las licencias médicas, de las fundaciones
fraudulentas, del avance del narcotráfico, de la mentira, la violencia, la
manipulación y un sinfín de abusos —noticias que saltan a la vista apenas se
enciende la televisión, se hojea un diario o se desbloquea el celular—, uno
podría pensar que la corrupción, con sus mil rostros flota en el aire. Y si
está en el aire, pareciera menos grave, como si se tratara de un hábito
aceptado.
Basta caminar por las calles, subir al transporte público o conversar
con otros para advertir, a veces con resignación, esa presencia difusa pero
constante. Nada es más perjudicial para el bien común que normalizar ese “mal
aire” hasta convertirlo en parte de nuestra vida. Hannah Arendt lo advirtió con
lucidez: “La triste verdad es que la mayoría del mal se hace por personas que
nunca decidieron ser buenas o malas.”
La corrupción es una forma desviada de poder. Su raíz latina, posse
—“ser capaz de”—, ayuda a entender por qué: tanto la virtud como la corrupción
otorgan cierta capacidad de actuar. Pero mientras la virtud perfecciona a la
persona al ordenar sus facultades al bien, la corrupción la degrada. Es un
poder solo en apariencia, porque, aunque da eficacia —como ocurre con la
codicia o el engaño—, su ejercicio contradice la dignidad.
Así, la corrupción puede ser un poder instrumental, pero nunca moral. Da
una facilidad para obrar —como la astucia del corrupto o la autoridad del
tirano—, pero se trata de una habilidad al servicio de fines egoístas o destructivos.
No respeta la razón práctica ni la libertad bien ejercida. Es una falsa
posesión, una destreza que esclaviza en lugar de liberar.
En este sentido, la corrupción es una disposición estable, pero al mal.
Se trata de una deformación del hábito, donde la repetición de actos
desordenados oscurece la conciencia y somete la voluntad. No conduce al
autodominio, sino a una sujeción interna. Aparenta fortaleza, pero es debilidad
disfrazada de eficacia. No es poder en sentido pleno, porque no perfecciona al ser
humano en su dimensión racional y libre.
Solo cuando el poder se ordena al bien —como ocurre con la virtud— se
convierte en fuente de verdadera libertad. Usar el saber, la palabra o la
autoridad para manipular o someter no es ejercer el poder, sino pervertirlo.
Esa es la diferencia esencial entre el poder virtuoso y el corrupto: uno
construye, el otro corrompe; uno libera, el otro esclaviza. ¿Estamos dispuestos
a purificar el aire?
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